Albeiro Vargas tenía catorce años cuando se dio cuenta de que en su barrio había abuelos que comían solos, dormían solos y se enfermaban solos. No era una observación abstracta: eran sus vecinos. Personas que él conocía desde niño y que, poco a poco, fueron quedándose sin nadie que les preguntara cómo amanecieron.
Lo que hizo entonces no fue una campaña ni una fundación: fue llevar comida. Después del colegio, recogía lo que sobraba en su casa y caminaba con un plato en la mano hasta la puerta de don Heliodoro, de doña Tránsito, de don Manuel. Se sentaba con ellos. Conversaba. Volvía al día siguiente.
Esa rutina se sostuvo más de una década. Y la rutina, cuando se sostiene, se vuelve estructura. En 1995 lo que era un gesto se constituyó como fundación. Le pusieron Ángeles Custodios porque eso eran los abuelos: los que habían cuidado de todos antes, y a quienes ahora les tocaba ser cuidados.